Alejandro Dumas, que también era un gastrónomo célebre, preparaba los caracoles de una forma bastante personal.
Una vez hervidos, cortaba los caracoles en dados y luego los volvía a cocer con jaramago, perejil, nuez moscada y pimienta molida.
Tras unas 3 buenas horas de cocción a fuego lento, añadía a la salsa el jugo de un limón y una cucharada de salsa rubia (hecha de harina, mantequilla, caldo de ave y ligada con yemas de huevo).
Existe un sinfín de recetas para cocinar caracoles, pero todas se parecen más o menos. De cualquier forma se consumen hervidos, en salsa o asados. Sólo cambia el aderezo. Así, pues, en Provenza se sustituye a menudo la mantequilla a la borgoña por ajo-aceite (all-i-oli), pero el gusto obtenido es muy parecido. En Normandia, se cuecen a fuego lento y se sirven con una salsa a la crema. La salsa bearnesa también es buena para acompañar este plato.